Thursday, April 10, 2014

Turbaco y la Plaza de los Enamorados

Turbaco y la Plaza de los Enamorados
Por: Gustavo Calvo
La Parroquia de Santa Catalina, con sus imponentes torres, y su pintura que parecía una mezcla de oro y marfil le daban cierta opulencia a la estructura republicana que se expandía hasta el horizonte pero le daba cierto encanto a la plaza de la localidad.
La yuxtaposición venía en como el pueblo que estaba al sur de las montañas se había desarrollado, era un microcosmos de la ciudad que estaba a la orilla del océano. El Festival del Frito del pueblo estaba en su apogeo, y las diferentes personas de la localidad estaban en el área disfrutando de las diferentes comidas y la música de las orquestas folklóricas.
El aroma pasaba de los quesos que se mezclaban con los chicharrones y las carimañolas; Leónidas se encontraba sentado en una de las bancas, al sur de la plaza; no habían palmeras donde él estaba sentado y el calor de julio lo estaba achicharrando ya que por otro lado estaba sentado cerca de una de las mesas de frito, que era administrada por su prima Josefinita.
Josefina era una mujer relativamente fea y de mal carácter, pero bastante habilidosa con la cocina y confeccionando. Aunque él siempre se ponía a pensar que la mayoría de las mujeres de su familia eran buenas con la aguja y el dedal, pero también era propicias a caer en alguna locura.
Mientras mataba el tiempo viendo lejos, también para bajar la llenura y la fatiga se quedaba viendo a las mujeres que solían frecuentar la plaza para buscar marido y una que otra puta para levantarse a un cliente.
Se quedaba pensando en cómo la mayoría de sus amigos habían empezado a salir y tener novias, y él seguía soltero sin mucho compromiso.
Decidió alejarse un poco más de la bulla y entrar a la iglesia para tener algo de paz. El interior se sentía bastante fresco aunque no soplase ninguna brisa. El interior era bastante amplio, casi minimalista y la pintura contrastaba con la del exterior. El alta era casi solmene, lúgubre hasta cierto punto. Las dos reliquias que estaban al lado del altar, la Virgen y la imagen de Jesús estaban esculpidas en base a los cadáveres de dos indios Yurbaqueros.
Al menos eso lo que Leónidas oía de su abuelo, mientras estaba sentado cogiendo fresco, se le acercó una pelirroja y le preguntó si se podía sentar junto a él. Él no lo dijo que no y ella se sentó. Ahí en el silencio se dio cuenta de lo bella que era, su piel parecía casi translucida y ella estaba en un trance viendo el altar.

Le preguntó que cuando salieran de la iglesia que si quería ir a comer unos fritos a la mesa de su prima Josefina. Ella no le dijo que no, con una sonrisa y sin saber el nombre de su cita, él salió junto a ella de la iglesia, sabía que la tarde no iba a ser tan mala como pensó y de pronto en que conocería a el amor de su vida.  

No comments:

Post a Comment