Friday, April 4, 2014

La Playa de Los Pobres - El Vendedor de Raspaos

La Playa de Los Pobres - El Vendedor de Raspaos


Por: Gustavo Calvo

El castillo estaba iluminado de varias luces, a lo lejos se veía la aldea de los pescaderos, que estaba en la isla del volcán durmiente. El calor estaba inminente y los conos de nieves de colores satisfacían a los niños y los extranjeros que navegaban y fantaseaban por las miles de tierras hechas de arena blanca.
El mar iba y venía, mientras Deiver veía como las arenas reflejaban los fantasmas del firmamento. Con su carrito de raspados iba caminando por la playa de Castillogrande, mientras veía a la gente disfrutar del día. Era un domingo como cualquier otro y en la playa de castillo, la gente de los barrios populares estaban disfrutando el día con los que vivían en el area.
La bulla de los amplificadores inundaba el sector, y era casi imposible oír sus propios pensamientos, pero  no dejaba de imaginar que el escenario era algo diferente en lo que la ciudad se había vuelto.
Su vida era sencilla, realmente no tenía muchas aspiraciones, había nacido en Lo Amador y moriría en Las Delicias debido a una riña en un pick-up donde pensó que alias El Bochinche le había tirado los perros a su novia.
A veces soñaba con ser escrito y contar las historias de la ciudad vieja, pero no sabía escribir y en varías ocasiones le decía a su padre que lo hiciera por él. Le llamaba la atención los colores de la arena y como cielo se tornaba en un prisma a finales del verano.
Había tanto por hacer, por vivir pero no sabía cómo hacerlo. Se sentía atrapado en un punto de su vida. Solo se quedaba viendo a los niños jugando con las pelotas y con los castillos de arena.
Seguía sirviendo conos de raspado, el calor seguía azotando al igual que la humedad. El olor a raspado de algodón de azúcar lo tenía atiborrado debido a la cantidad de vainilla que usó para preparar el jarabe pero parecía satisfacer a sus clientes.
Una pequeña niña se le acercó y le dio quinientos pesos para poder comer un raspado. Él le preguntó ¿sí su familia también quería.? Ella le respondió que solo era ella, luego se retiró. Se la quedó viendo, su pequeña complexión morena, y el vestido de baño que parecía una imitación de marca que seguro el papá lo había comprado en algún agáchate. Le hizo recordar a su pequeña hija que su esposa se había llevado al interior de Cordoba.
Siempre se preguntaba ¿Cómo estaba Mariela?, siempre que preguntaba por su ex-esposa, sus familiares siempre le decían que estaba por fuera haciendo mandados; pero, siempre que preguntaba por su hija nunca le decían donde estaba mas que estaba bien o que estaba cansada por el colegio. Había dejado mucho atrás, sentía que era hora de volver a coger el Ejecutivo e irse a la casa de  
su padre donde vivía en San José de los Campanos, para luego repetir la rutina al

día siguiente. 

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