Monday, April 21, 2014

La Palenquera

La Playa de Los Pobres - La Palenquera
Por: Gustavo Calvo
Las arenas estaban blancas por el sol de medio día; el agua parecía un espejo
Por Magda Ferrer
viviente que se movía al compas de la música Champeta. Los cachacos estaban sentados alrededor de las playas de Las Américas. Esas playas daban al infinito norte, y al mismo tiempo a la magia de la Cienaga.
Era un escenario contrastado en aquellos días de verbena, por un lado los proyectos de construcción estaban empezando que a lo largo de 14 años le harían perder el encanto a la zona norte, desplazando a las aldeas de pescadores y a los ranchos viejos.
Ella no tenía nombre; al menos un nombre que los extranjeros pudieran decir, algunos la llamaban Ana, aunque su nombre en la lengua de Palenque era completamente distinto. Vestía siempre trajes coloridos, que la acompañaban en sus travesías por La Heroica, en su cintura siempre tenía delantales enmarañados que sostenía con un machete para poder abrir los cocos y las otras delicias que siempre llevaba en su cabeza.
La dulce serenata mientras vendía anís, frutas y cocadas, alegraban la tarde de muchos. Sus pasos por el Centro y las Playas en los días de Semana Santa, siempre atraían la mirada de los turistas y los coterráneos, que uno que otro solían sonreírles y tomarse fotos con ella.
Mientras paseaba por Las Américas siempre se tomaba el tiempo para sentarse y mirar lejos; casi como una pitonisa en trance viendo los espíritus de sus ancestros, Ana podía ver los días antiguos del Caribe, los galeones navegando y los espíritus de los Africanos que murieron y escaparon para exiliarse ayudados por un Domingo pero para ellos era el rey Benkos.
La voz de Benkos pasaba por la sangre de sus descendientes y los hijos de la tierra libre, donde no había color y opresión, solo libertad y alegría. Su sangre como el agua que corría por las ciénagas y el Caribe sur.
Los cimarrones libres, la libertad que muchos no podrían conseguir debido a las ataduras terrenales, a no ver las alegrías de la tierra, a no ver que el mundo es un ser. Siempre sonría y sin decir una palabra después de su meditación seguía caminando por las arenas de La Heroica.
A lo lejos, por la troncal que daba paralela a los hoteles oía a los buses pasar. La música en Blas el Teso sonaba mas fuerte con el entrar de la noche. El restaurante con su techo rojo, y paredes azules adornaban el borde de la Zona Norte como un oasis en un desierto rodeado por el mar.

Las luces del restaurante se tornaban algo mas caóticas al pasar la noche y Ana sabía que su momento del día había acabado pero para volver a San Basilio le tomaría mas de un día, así que optó por ir al Centro y pasar la noche en un hostal antes de volver al pueblo que llamaba hogar.

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