Sunday, November 17, 2013

La Crónica de un Medico Andariego (Inconclusa)

El Centro de Cartagena de Indias estaba en llamas; para las 3:46 de la tarde de aquel día 21 de Marzo de 1970. La gente estaba agolpada alrededor de la oficina del médico en la Calle de la Moneda. - Mi abuela siempre comentaba que para las 4:45 de la tarde, la esposa del médico y al mismo tiempo su comadre por parte de matrimonio, Margarita de Román estaba igual en el hospital, debido al shock de perder a su marido. -

Las edificaciones Republicanas en la calle que estaban pintadas de amarillo y con un folletín de colores debido a las diferentes flores que adornaban los balcones que eran las insignias de las diferentes familias, estaban cubiertas de sombras debido a que la gente estaba afuera tratando de saber que había pasado ó en menor caso como el médico había muerto.
Las malas lenguas decían que fue culpa de su esposa, otra que fue un negocio que salió mal, otras personas decían que fue culpa de su propia vida, una vida que no tenia escrúpulos y tabúes.
El olor a sangre estaba impregnado en la calle, todo el mundo podía olerlo y los rumores decían que los asesinos estaban caminando entre los coterráneos.
El nombre del médico era Mauricio Román Gonzales; era oriundo de Cartagena y había tenido una vida de privilegios. Con su metro con sesenta, y cabellos castaños bañados en el rojo de la sangre, ahí yacía un hombre que en vida fue un tirano pero en la muerte era solo alguien más.
Su secretaria, Magola Betancourt, una mujer en sus cincuenta pero con un porte y una elegancia que no se veía en mucha gente de la ciudad, estaba hecha un mierdero de pies a cabeza, porque oyó los disparos, pero no logro ver a los culpables del crimen debido al ataque de pánico que sintió y estaba sintiendo.
- Fue tan de repente, el consultorio con todos los pacientes entró en un alboroto; todos empezaron a correr y al momento de la verdad salieron despavoridos. - Mencionó la pobre mujer antes de ser llevada a exámenes médicos y al interrogatorio policial.
La idea de ver en los archivos de quien estaba citado a la hora que murió el médico, resultaron ser inútiles porque estaban amancilladlos de sangre ya que el doctor los tenía en su poder y no le había entregado una copia a la señora Magola. Generando la pregunta si ¿el doctor sabia que lo iban a matar,? y quería evitarle un sofoco a la pobre secretaria pero la idea generaba más preguntas si ¿sabía que lo iban a matar,? entonces debería estar evitando generar sospechas de una vendetta y sobre el sicariato  que estaba operando en la ciudad.

En la entrada del consultorio; la vieja mansión Republicana que había sido adaptada con diferentes locales estaba repleta de gente. El restaurante que estaba ubicado abajo del balcón donde se encontraba la oficina estaba atestado de periodistas de diferentes ciudades, en pocas horas la noticia había volado como un trozo de papel atrapado en una corriente de la suave brisa Caribeña.
El restaurante del cual muchos llamaban La Divina debido a la dueña Raquel Berrocal, no por su belleza pero más como un sarcasmo porque la mujer parecía una burra traída de la localidad de Turbana, donde no había una sola alma que fuera físicamente bella.
Raquel estaba en su apogeo debido a que pensaba que si daba un buen servicio, sin importar que la publicidad fuera buena o mala su restaurante tendría un poco mas de clientela mas allá de los bohemios y desviados sexuales del área que iban a comer a hasta altas horas de la noche.
La Divina era lo que coloquialmente llamaban un <chuzo de mala muerte> y la única razón era porque el doctor era un cliente asiduo donde hacía más que comer los almuerzos. El sitio tenía fama pero realmente las personas que temían por su seguridad jamás iban a comer ahí debido a los chismes que corrían sobre la clientela.
Cruzando la calle había una tienda de ropa, siguiendo con el tema de las fachadas de la calle no era muy diferente; el color era amarillo pero tenía ciertas tonalidades verdes como el banner de la tienda "LeClair Modas". De las pocas tiendas en esos días LeClair Modas era una de las pocas con aire acondicionado aparte de la multitienda Magali Paris que era un prototipo de las tiendas Sears en Cartagena.
El dueño de esa tienda era el viejo Manuel LeClair, que moriría un par de años debido a un enfisema pulmonar dejó dicho que había visto a sujetos de la mafia china de Lorica, Córdoba; rondado en su tienda antes del asesinato pero nunca pudo probar nada ya que fueron meras especulaciones de un loco Babilónico.
Se podían ver los charcos de sangre alrededor de la calle a medida que el día terminaba, el mar estaba tan calmado como si nada hubiera pasado pero la gente estaba alborotada porque nadie sospechaba que el médico le hubieran puesto un precio sobre su cabeza.
¿Dónde comenzar?, una semana después del asesinato, el consultorio había sido cerrado, - mi madre, Rosalia Duran, decía que no había manera de saberlo, quien había matado al doctor debido a que los archivos de sus pacientes la policía los había confiscado. - De pronto, ella estaba en lo cierto; pero era imposible pensar que una consulta tan popular con las mujeres que iban a parir, y sus esposos que estaban deseosos de conocer los más novedosos métodos Americanos para concebir iban a desaparecer así de la nada.

La policía me dejó entrar al cabo de unos días, realmente no tuvieron ninguna objeción pero no me dejaron entrevistar a nadie del cuerpo de uniformados. Decían que no querían tener problemas. Tenía más preguntas de las que podía encontrar respuestas.
El consultorio parecía un experimento quimérico de los sabios de Babilonia, era un mierdero absoluto. Al final después de tanto rebuscar como mula buscando sexo en una caballeriza, no hubo nada que encontrar que valiera la pena. Solo una cantidad de anotaciones sobre la ciudad y sitios de interés.
La plaza de la aduana parecía ser el punto de más interés ya que los estudiantes de la Universidad de Cartagena que seguían las ideas filosóficas Marxistas de un loco Vasco de la Argentina, parecían converger enfrente de la Alcaldía.
En tiempos remotos de la ciudad heroica, la Plaza de la Aduana era conocida como Plaza Antigua Real Contaduría, debido a la locación de las oficinas de los Oficiales Reales de la Corona, pero meses antes del fin de año el pueblo le cambio el nombre por algo mas dichosamente moderno. La ciudad en años remotos, en los tiempos de los padres patrios, donde el folletín y las carabelas no parecieron haberse desterrado como el aceite de las botijuelas.
Los corsarios fueron cambiados por hombres de guayabera, que después de la Revolución Cubana, los políticas del eje moderno pareciesen estar imitando al greñudo de la isla vieja. El doctor usaba la guayabera en los fines de semana, y a veces debajo de la bata Hipocrática revelando un poco más del misterio de quien era.

Alrededor de su vida era bien conocido que le gustaban los amoríos con los cachacas y las Barranquilleras; mujeres lindas, el decía. Que me hizo preguntar si a final del cuento todo era un estúpido ajuste de cuentas de un marido celoso que le hizo volar la imaginación a uno que otro Cartagenero.
El doctor a veces iba a un pequeño pueblo olvidado lejos de las orillas del rio Magdalena, donde se perdía en los encantos coloniales de un pueblo que se tiró lejos de las orillas de las aguas de la modernidad. Ese pueblo se volvió uno más con las arenas de El Salado, en donde la gente jamás se atrevió volver ahí.

En aquellos días el pueblo no era más grande que unas cuantas casas de maderas y un par de mansiones donde una de ellas servía como alcaldía provisional. El alcalde electo de ese pueblo que quedaba a un par de horas de El Salado, cuyo nombre era Miguel Iguaran, del cual se decía que era descendiente de una loca que en los días del descubrimiento fue y fundó un pueblo con su esposo que fue tragado por un torbellino de arena debido a los malos presagios de que su descendía tendrían colas de cerdo.
Miguel siempre reconocía al doctor, ya que siempre iba a final de mes a divertirse en los puteros que estaban en la transversal 39, en una casa amarilla que en el patio criaban gallinas para venderlas en la tienda de la esquina de la calle 87 donde vendían las únicas frías del pueblo con las gaseosas que importaban de la fábrica Postobon en Medellín ya que según el saber popular llegaban más frías que si hubiesen sido traídas de la embotelladora Román que estaba en el barrio del Bosque en Cartagena.

Una gaseosa bien fría, era el ultimo tesoro de los carabineros y gitanos; en el momento más caluroso del día, ni los techos de zinc parecían contener el calor tan inmundo que traían las brisas del rio. En la tienda del barrio el viejo Pedro Merlano, que parecía más un mercenario de la Guerra de los Mil Días.
De acuerdo con el viejo Merlano, el doctor iba a El Carmen una vez cada dos meses a pasar tiempo en su rancho que estaba por las afueras en el sector conocido como Arroyo Arenas. Ahí atendía a los enfermos de la región y no les cobrara un solo peso por los servicios, hasta llevaba medicina contra la malaria que afectaba a los lugareños.

El hombre era un santo entre los pobladores, nadie podía hablar nada malo de él. Arroyo Arenas en ese entonces era un corregimiento perdido en la selva Bolivariana, no habían mas que unas cuantas casuchas y un par de ranchos que contrastaban con la opulencia de la hacienda de el doctor que estaba ubicada al lado de uno de los arroyos.
La hacienda no tenía nombre, y tampoco electricidad, y mucho menos alcantarillado. Había una letrina no muy lejos de la casa de dos pisos que tenía una vista panorámica impresionante de la comarca. No había una sola habitación que no tenia vista a las montañas o a los cultivos ilícitos de amapola que estaban camuflados con unos palma de coco.
La casa estaba abandonada, había algo de desorden en la sala, los muebles importados de Italia y Francia parecían que habían sido atacados por animales salvajes ó campesinos que entraron de contrabando a tener sexo en ellos. El comedor estaba abandonado, daba la impresión que fue saqueado y los muebles usados como leña para hacer sancochos.
En el segundo piso, la recamara principal seguía intacta al igual que los dos cuartos de las hijas; un baño improvisado, en donde lo único que funcionaba debido a la presión y unos tanques de agua que estaban en el techo era el lavamanos.
El olor a mugre y mierda de pájaros que se sentía en la segunda planta era nauseabundo, peor que el mercado publico Cartagenero en plena época de calor donde las comadronas tiraban todo lo que no servía después de parir para luego ponerse a vender pescados.
En el cuarto principal encontré una nota, la cual estaba en una caligrafía de primero de primaria <<Hermilo te necesita, el pago es para la próxima semana por el cargamento>>. La nota databa seis meses antes del asesinato, lo unico que me aseguró era un vendetta por algún pago atrasado, pero la pregunta era ¿Quién fue el que ordenó el golpe.?

De regreso en Cartagena, sentí la ciudad pesada; el calor de Marzo aún se sentía fuerte. Aunque habían pasado veinte días desde la muerte de Mauricio, el chisme seguía rodando, y seguiría hasta el año venidero.
A la semana de haber regresado de El Carmen, no pude pensar en qué hacer. Volví al trabajo en el hospital y sentí que la vida estaba volviendo a su curso. La policía seguía en la investigación, aunque a la larga no pareciese que estuviese avanzando.
En Bocagrande, la emoción de las Fiestas de la Candelaria estaba en su apogeo.









El Padre José María Cano, estaba como de costumbre en la Iglesia de Nuestra Señora de Nuestra Concepción. A sus 27 años había sido nombrado el párroco más joven en la historia de Cartagena. En el periodo de dos años se había vuelto el confesor personal de los Román. A las dos semanas del asesinato, la policía apuntó hacía él, pero el Padre Cano no mencionó nada fuera de lo ordinario.
Con su estatura y cabellos castaños parecía un duende con una sotana, no medía más de 1.50 cm. y tenía una joroba que lo hacía ver un tanto pequeño, ms de lo común.
El padre vivía en los dominios parroquiales que estaban anexado al lado del salón fúnebre pero arriba de unas tiendas que estaban al lado de la iglesia, que generaban un ingreso extra mensual.
El cura me aceptó la visita, no tuvo ningún inconveniente con sentarse a tomar una Kola Roman con unas galletas integrales. La visita transcurrió sin ningún problema pero lo único que hablamos fue los chismes de la comunidad en donde el viejo Eloiso estaba engañando a la vieja Ofelia con la joven de 25 años que trabajaba en la tienda de la Tercera Avenida.
Al final del día, me fui decepcionado de la casa parroquial porque estaba esperando sacarle unas respuestas al cura pero no logre mucho.
Hermilio era el nombre que estaba rondando por mi cabeza, era la pieza clave en la muerte del médico, en la muerte de uno de los padrinos de la familia Colombiana. Pero, no había mucha pistas sobre quién era.
En el Hospital Universitario donde el cadáver estaba siendo hospedado en la morgue. En aquellos días de los años 70 el hospital la imponente estructura que estaba ubicada en el barrio Piedra de Bolivar a las afueras del Centro, estaba en total decadencia no hacía mucho que lo habían abierto bajo la tutela de la Universidad de Cartagena.
El sótano del hospital era un planchón con un par de ventanales de norte a sur, el olor a muerte y miedo era grande. No había un sistema de ventilación adecuado para sacar la pestilencia de los congeladores que estaban separados en diferentes salas.
Lo primero que pensé era que olía a mierda y vomito, muy similar al olor que pasaba en las Fiestas de Independencia, en la primera semana de Noviembre o al Mercado de Basurto que en mi concepto debía ser trasladado lejos del Centro.
Mi contacto era un joven universitario, de apellido Calvo, era bastante bajo y pálido, parecía un duende albino debido a la falta de exposición del sol y a que no se afeitaba.
Calvo estaba ahí revisando sus anotaciones en un pequeño escritorio que estaba únicamente iluminado por una luz en el techo, él parecía impávido con el olor a muerte, me daba la impresión que en el tiempo que había estado sometido a la ciencias fúnebres.
Me recibió con un caluroso abrazo,  ya que nos conocíamos de antes debido a las relaciones que teníamos con el médico. El cadáver del médico seguía en el congelador, no le habían dado Cristiana sepultura debido a que la policía metropolitana ejecutó una orden para mantenerlo por dos meses ya que las evidencias supuestamente seguían inconclusas.
El joven forense me comentó que la muerte del doctor fue dolorosa, la policía no reveló todos los detalles de la muerte debido a que él creía que los grupos insurgentes del Caribe tomarían represalias.
Me llamó la atención, porque después de la caída del General Rojas y la muerte del Che en el 67, las guerrillas marxistas no parecían haber florecido del todo, pero la falta de comunicación en Cartagena al igual que el monopolio mediatico de El Univeral y el de El Tiempo en Bogotá podía mantener engañados a los ciudadanos.
El Universal en esos días estaba en su apogeo, sabía que podía conseguir alguna información en los archivos sobre la exposición que el médico había recibido en la ciudad y todo era positivo, lo que me puso a pensar si todo había sido una campaña mediática para proteger a un cabecilla y hacerlo ver como un Robín Hood contemporáneo.
El director del periódico Juvenal Zuñiga me permitió sin ningún problema ver los archivos de los últimos 10 años; ahí pude ver la boda del médico con la vieja Margarita. Fue en el Club Cartagena, el evento más grande que tuvo la ciudad en 1958.
El Club con mejor vida social de la ciudad, como era conocido, era además el epicentro del Reinado Nacional de la Belleza. El lujo era tan majestuoso que los espejos del vestíbulo estaban bañados en oro, y el mármol que cubría las paredes y el piso fue traído de Italia en los años 20.
Muchos conocían a Mauricio pero los trabajadores del club parecían conocer aspectos de él que no eran muy conocidos en la luz pública.
Nadina una Libanesa que trabajaba en club como mesera durante los fines de semana, me pidió que nos reuniésemos en el Parque Centenario ya que los trabajadores del club tenían prohibido reunirse en las instalaciones.
Nos encontramos el Sábado 23 de Junio en el portón del éste, el que daba por la Calle de la Media Luna y en la entrada del club. No había mucha gente ese día, para ser un sábado parecía que la gente estaba más en la idea de ir a la misa Sabatina que reunirse por fuera, aunque por otro lado cuando me encontré la Libanesa eran las 10 de la mañana.
El Parque Centenario en aquellos días era bastante hermoso, al mismo tiempo era el punto de convergencia de los revolucionarios y de los estudiantes de la universidad pública.
Al nivel de la puerta había un jardín de flores que parecía extenderse hasta el horizonte infinito donde un burdel colindaba con un teatro triple x, y un bar de mala muerte.
La libanesa olía a cigarros y su apariencia no la ayudaba, era algo dificultoso ver a alguien tan fea tan temprano por la mañana. Me preguntaba si Nadina estaba sufriendo el mismo destino de todas las "turcas", pero no me quería desviar del tema.
Ella me confesó que el médico tenía amoríos con diferentes mujeres, todas sus amantes las había llevado al club en algún momento, mucho antes de conocer a la vieja Margarita él tenía fama de mujeriego y las llevaba a una hacienda llamada Esperenza en el Carmen de Bolivar.
Fue la misma hacienda que yo había ido un tiempo atrás, la pregunta que le hice a Nadina fue ¿Cómo te confesó eso?, ella me respondió con su voz áspera <si le das a un hombre alcohol te lo puedes comer con la palma de la mano, si sabes cómo dominarlo>, eso me hizo preguntarme ¿Qué tantos secretos conocía esta mesera de la sociedad Cartagenera.? y que tantos chismes ella había pasado entre las personas. Como fuente, ¿estaba siendo altruista? o ¿solo estaba buscando liberar sus penas? cuando me vio preguntando sobre Mauricio.

Sabía que tenía que volver al Carmen ya que habían dos interrogantes que estaban entrelazadas, una su gusto por las putas y dos la hacienda.
Aparte de eso, no estaba tan seguro cual fue el verdadero motivo, cualquiera pudo matarlo pero el asesinato movió a la sociedad porque la polarizo en dos extremos, los que odiaban a Mauricio y los que lo adoraban como un Dios.
Caminando por las calles del Centro, terminé como todos los Sábados en el Portal de los Dulces, y sentado en una de las bancas que estaban a la sombra de las palmeras en la Plaza de La Torre del Reloj.

El edificio CITIBANK estaba en las etapas finales de la construcción y se había vuelto la edificación más alta de la ciudad en aquellos días, probablemente la que le hizo competencia y dejo destronado al edificio CITIBANK fue la Torre de COLPATRIA que era unos pisos más alta.

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